Cuaderno

Publicado: 12/08/2015

Alguna vez tuvo nombre, apellido…

Él no lo sabe. Ni siquiera sospecha que algo anda mal. No es capaz de percatarse que el mundo en el cual vive sólo existe en su cabeza, y que su destino es ignorado por la humanidad, que es todo aquello que se encuentra a su alrededor.

Él representa algún tipo de amenaza para muchos, excepto para él. Sus pasos no tienen rumbo lógico, pero todos atienden a cada una de sus acciones cuando está presente.

Él genera lástima, pero también es objeto de burlas. No asimila que aquellas extrañas miradas rechazan su presencia y tampoco divisa la forma en la cual una señora sexagenaria, en plena vía pública, golpea con su codo el brazo de su acompañante para que no pierda detalle de la forma en la que él anda vestido.

La memoria de sus músculos y de su cuerpo le permiten caminar, lo empujan a buscar cualquier cosa para comer cuando le da hambre y, por puro instinto, reconoce que el agua quita la sed, pero no distingue olores, ni sabores, ni tampoco puede recordar. Es un ser sin planes, sin nada.

Él desconoce que el próximo sábado arribará a 42 y unos meses más tarde cumplirá 10 años desde que no sabe quién es. Alguna vez tuvo nombre, apellido… tuvo documento de identidad, estudió una carrera, tuvo novia, trabajo y familia, pero eso a nadie le importa, excepto a mí.

Yo sí sé todo lo que él no, y también recuerdo cada detalle… ignorado por el resto. Maldita sea la hora en la cual me perdí y caí en este lugar, un espacio oscuro y diminuto.

Todos creen que habla solo, pero nadie se imagina que es conmigo con quien lo hace. Conmigo es con quien pelea cuando intento aparecer, cuando intento recuperar el cuerpo que habité hasta hace una década, luego de perder aquella batalla sigilosa, que comenzó cinco años antes.

Mientras duerme, es cuando más oportunidad tengo de despertar de este infierno, pero mi mente está tan dañada que no consigo llegar a ella de ninguna manera. Igual, ya estoy cansado de intentarlo, es más, renunciaré a la posibilidad de que un milagro me devuelva a la vida, porque estoy seguro que mi oportunidad caducó.

Estoy completamente arrepentido. Maldigo el día que fui promovido como socio de aquella firma, porque ese día fue el principio de mi fin. Recuerdo que no tenía límites, el dinero me permitía hacer literalmente lo que me venía en gana.

No me pude controlar, nadie tampoco podía hacerlo. Estaba ciego, descontrolado, para luego tocar fondo sin darme cuenta que lo había perdido todo, hasta que desaparecí sumergido en los excesos, las drogas y el alcohol.

Estoy resignado a vivir en el limbo… o, dicho de otra manera, a morir en cualquier momento. Me resignaré a verlo comer basura y restos de comida, que lejos de alimentar su organismo, lo está acabando poco a poco, porque ya el alcohol y las drogas no son parte del menú.

Estoy resignado. Resignado a ser testigo de un triste y doloroso desenlace, resignado a que él no sea más que un estorbo para esta ciudad, resignado a ser un loco indigente. Pero, sobre todo, resignado a que nadie se vista de milagro para intentar salvar a ese sujeto malviviente en el que me convertí, aunque me conozcan de toda la vida.

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