Cuaderno

Publicado: 01/10/2015

Tuve un puñado de novias

Mi historia comienza, como la de todos, con un hecho que se me hace imposible recordar: mi nacimiento. Era muy pequeño y vulnerable como para que ese momento haya sido capturado en mi hipocampo, que tal vez para aquel entonces era del tamaño de una hormiga ladrona, de esas amarillas.

La verdad es que no tengo mayores detalles de ese suceso. Me contaron que ocurrió alrededor de las tres de la tarde de un 9 de enero, en 1983, la misma fecha que aparece en aquella acta que he tenido que reproducir unas tantas veces por culpa de la burocracia.

Me bautizaron católico y me incitaron a hacer la primera comunión, pero desde entonces puedo contar las veces que volví a la iglesia con una mano, la misma con la que logro enumerar a los amigos que he cosechado.

Soy capricornio, aunque hasta el Sol de hoy no sé para qué sirve eso. Seguramente estaba muy cómodo en la barriga de Hortencia, porque de no ser por la intervención de aquel doctor quizá no estaría aquí trasnochado.

Lo cierto es que llegué a este lugar un domingo, el día que menos me gustó en mi infancia porque, después de echar vaina durante todo el día, a la mañana siguiente tenía que estar en la escuela. Pero en preescolar la pasé bien, en serio. El único recuerdo fresco que tengo de aquella época es haber sido cagado por un pajarito enjaulado que estaba colgando en la ventana del salón de clases.

Por aquellos días aprendí a leer. Lo logré gracias a una regla de madera que mi mamá me partió en las piernas, porque no pasaba de la “M” con “A”. Me costó mucho, pero ese reglazo activó mi cerebro y logré leer sin mayores trabas “mi mamá me mima”, una frase que no entendí sino hasta unos añitos más tarde.

Por ese entonces ya estaba en edad para ir al estadio. Mi papá me llevaba los fines de semana al fútbol y al béisbol, aunque nunca entendía la razón por la cual el pitcher siempre intentaba engañar al bateador en complicidad con el cátcher. Luego comprendí todo.

La primaria no era tan aburrida. Mi mamá me daba unos poquitos bolívares para desayunar en el recreo, pero el hambre siempre fue más y terminaba comiéndole el desayuno a mi hermanita. Salvo a algún otro dibujo, nunca me destaqué en la escuela. Tal vez en primer grado figuré por mis notas, porque el asunto de estudiar en lugar de caimanear en la calle no era divertido.

Fue precisamente en la calle donde conocí la otra parte de la vida, ese mundo del cual muy poco me hablaron en casa. En el barrio donde crecí uno podía toparse con todo tipo de personajes. Habían borrachos, drogadictos y malandros por doquier, además de viejos amargados que no devolvían las pelotas de faul que caían en sus patios.

Las mudanzas estuvieron a la orden del día, pero en casa nunca me dejaron darme cuenta que éramos pobres. Cuando se pudo estudié en colegios privados y cursé dos veces séptimo grado no recuerdo muy bien porqué.

Mientras unos falsificaban la cédula para lucir mayores y así entrar a las discotecas, yo lo hacía para hacerme menor y jugar los torneos de futbolito para chamitos que se organizaban por esa zona. La primera cerveza la probé en esas mismas calles y el primer cigarro en la universidad, pero ese asunto de meterte humo en los pulmones no me terminó de convencer.

El queratocono me condicionó la vida desde los 15, pero lo he sabido llevar, muchas veces con éxito. Ya perdí la cuenta de la cantidad de lentes de contacto que he botado por culpa de las interminables deformaciones de la córnea.

Mi primer trabajo fue de office boy y luego fui repartidor de CD’s. También vendí tostones, pero el negocio se vino a pique cuando me gasté las ganancias en chucherías.

Tuve un puñado de novias y a algunas de ellas les fui infiel. Mi mamá me quiere tanto que no tuvo otra opción que alcahuetearme un par de veces precisamente por ese tema machista que te enseñan desde pequeño.

Conocí mi primera pena al pronunciar mal una palabra que no recuerdo muy bien cual fue. Menos mal que eso ocurrió por teléfono, pero eso no impidió que ella me volviera a atender una llamada. Al día siguiente inicié un largo proceso de ampliar mi vocabulario.

El primer beso se lo di a una gorda y el segundo a una novia que nunca fue. El tercero sucedió en bachillerato y con él llegaron un montón de experiencias que me abrieron la mente y despertaron las hormonas. Más adelante la distancia fue la principal protagonista de una historia que me hizo entender lo importante que es la convivencia en una pareja… aunque la verdad, fue más que eso.

Las conocí cuaimas, mentirosas, aburridas, viciosas, cleptómanas, manipuladoras, chantajistas, plásticas, más alegres de lo que deberían, dominantes y hasta pacientes de neurosis, además de otras que hacían lo que fuese para que las dejara en paz. No lo niego, aprendí de todas ellas.

Lamento mucho no haber sido novio de ninguna atleta y nunca olvidaré a aquella chica que nunca me paró bolas en séptimo grado. Tuve unas bastantes no-novias, la verdad.

Hice el intento de ser futbolista, beisbolista y hasta basquetbolista, pero fracasé en todas. Cuando estuve a punto de elegir la carrera equivocada, me di cuenta que podía hacer deporte desde otra perspectiva y me hice periodista. Estuve muchos años en la radio y pasé por la televisión, pero me cansé de trabajar gratis.

Fui empresario en la Cuarta República y al comienzo de la Quinta. Una vez choqué un carro que no era mío y en otra ocasión un motorizado casi acaba con mi vida, pero sobreviví gracias al cinturón de seguridad. Estuve a punto de ahogarme un par de veces y un par de encuentros con los amigos de lo ajeno. Sí, ellos siempre se salieron con la suya.

Carezco de abolengo y mi origen está a algunos kilómetros de aquí. Tengo deudas y si hay wi-fi no importa donde me encuentre. Puedo comer papas todos los días y si la pizza viene acompañada con un par de cervezas, entonces no se discute más.

Como todos soy un ser humano defectuoso. He cometido tantos errores que hasta ya los olvidé y estoy seguro que la lista no termina ahí. De vez en cuando me dan ganas de ser papá y me importa muy poco lo que opinen de mí porque, hagas lo que hagas, siempre un sector no estará de acuerdo.

Aprendí que cumplir años no es garantía de crecer y tampoco de madurar. Creo firmemente que el regirme por mis propias convicciones es el único camino que me permitirá avanzar. Prometí, por sobre todas las cosas, pasármela bien.

Estoy seguro, además, que el tipo que soy es el resultado del niño que fui y de los fracasos que experimenté. Vivo en una constante batalla por renovarme y quizá por eso me aburra tan rápido de tantas cosas.

Pudiera escribir todo un libro y esta historia estará inconclusa siempre. Esta historia, mi historia, comenzó hace más de 32 años en el Hospital Central de Barquisimeto y está claro que existen muchas otras cosas de mí que no aparecen -ni aparecerán- plasmadas aquí.

Mucho gusto, yo soy Freddy José Blanco Torres.

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